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7/16/2018 8:13:39 AM SANGRE Y LECHE

Desde Parque Centenario para Eva:

Por debajo de tu piel está tu sangre. En el borde de tus pezones hinchados, la leche tibia y dulce esperando la suavísima boca de nuestro milagro, lo único perfecto que hicimos.

Por encima de tu piel están tus vellos, tus pelos enrulados, las estrías del vientre estirado por la fuerza de una gran semilla humana; germinando en tu nido, alimentada por hilo vital ombligo a ombligo.

Sangre, leche, sudor y también tu flujo de mujer, y la leche de mi cuerpo de hombre y la saliva que sabe al polen que la abeja liba... la miel afectiva en la que envolvemos, para proteger del mundo tremendo del adulto, a la pequeña criatura que engendramos... ¡todos somos abejas, todos libamos!

Eva, me enseñaste a tener fe, ¡qué gran locura!, creer sin ver, sin prueba alguna. Creer la eternidad. Es como creer que soy importante entre mil millones de personas que se cocinan hirviendo en el caldo de sus pequeñas, insignificantes y relativas emociones.

Para cada uno lo suyo es importante, para mí yo soy imprescindible. Y la creencia que me permite seguir en pie, trabajar sin drogarme, soportar la historia, no traicionarme.

Eva, te fuiste de mi vida, pasaste como un huracán, como un tifón, como un gran viento. No fuiste virgen, fuiste fecunda... y ésa es tu pureza, haber sido verdaderamente mujer.

He decidido vivir, y, si bien no tengo tetas para amamantar, tengo manos para ordeñar una buena vaca y endulzar la leche con miel. Porque mis hijos necesitan dulzor y no los voy a dejar sin alimento.

Gracias, Eva. Vos me enseñaste a agradecer; gracias por tu amor; fuiste la primera mujer en mi vida que me agradeció un beso.

Yo también seré un remolino circular, un torrente imparable, un gran viento del sur con su pobreza; y me encontraré con vos. Será un encuentro celestial, un encuentro de sangre y leche que no tiene fecha en la agenda, pero que sucederá.

Te espero, mi amor. Te espero en el umbral de nuestra casa, sentado. Velando el sueño de nuestros hijos. Te espero con fe, no tengo apuro, porque sé que te veré. Y te voy a hacer cosquillas, cosquillas en las costillas hasta que abras la boca y largues la carcajada. Un beso eterno será nuestro lugar, el sitio donde se vuelvan a curvar nuestros cuerpos en esfera, perfectos, satinados, para sentir paz, tan sólo paz...

 

                Adán