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11/26/2018 7:38:39 AM Avenida de los Corrales y Lisandro de la Torre Parte 2

(Fragmento de la novela La reencarnación de Buda en Lope de Vega y Jonte)

(Viene de Avenida de los Corrales y Lisandro de la Torre Parte 1)

En ese momento llegó Gargiulo. Había sido militante político universitario hasta su graduación, cuando con apenas veintitres años decidió canalizar sus ideales defendiendo a presos políticos, casos de violencia de género y víctimas de la inseguridad. Era un personaje muy querido por sus clientes, pero poco aceptado entre sus colegas y en el ámbito policial.

Sus ojos vivaces y movedizos escudriñaban con curiosidad el antiguo bar. Venía de alguna comisaría. Si bien vestía formalmente, el conjunto denotaba cierta irreverencia hacia las formas. La desprolijidad del nudo de la corbata, las puntas del cuello de la camisa dobladas hacia arriba, el saco gastado, los zapatos sin brillo. Se acercó a la mesa, saludó con un apretón de manos, apoyó un gran portafolio de cuero repleto de papeles en una de las sillas y pidió un cortado.

—¿Empezamos o tienen que terminar de conversar? —dijo.

—Mejor empecemos con este tema, después seguimos con mi sobrino —respondió Osvaldo.

—Pedí reunirme con ustedes, sin Carmen ni Florencia, porque me pareció prudente que charláramos la situación primero entre nosotros. Lo nuevo en la causa por el asesinato de Raúl es que detuvieron hace un mes a un par de tipos en la zona de Constitución cuya descripción coincide con la que en su momento hicieron Carmen y Florencia. Por edad, apariencia y modo de operar. Los engancharon cuando intentaban hacer una entradera. Aparentemente operaban solos, pero por lo que pude averiguar, son tipos con antecedentes. Al más grande lo llaman “el Pocho” y formó parte de la “banda del Comisario” en Esteban Echeverría. Tiene causas por robo a mano armada, viviendas y comercios, pero éste sería el primer asesinato en ocasión de robo. El otro es un principiante, drogón y, por lo tanto, impredecible. La secretaria del fiscal me llamó, quiere hacer una rueda de reconocimiento.

—¿Qué riesgo tenemos? —intervino Osvaldo.

—Los de siempre: si no son lo que mataron a Raúl, siguen procesados por lo que ya están acusados, nada importante para nosotros. Pero si Carmen o Florencia los identifican como los que asesinaron a Raúl, van a cambiar la carátula de la causa. En ese caso, la cuestión es afrontar lo que viene, porque estos muchachos deben asumir una pena importante y no se van a quedar quietos. Podemos recibir amenazas, lo más común en estas situaciones.

—¿Podemos? ¿A vos también? —intervino Osvaldo.

—Sí, a los abogados primero nos quieren comprar y, si no transamos, también nos amenazan para que frenemos las causas; funciona así.

—¿Ellos van a tener la información anticipadamente de que la rueda de reconocimiento es por el tema de mi viejo? —preguntó Horacio.

—Pedí que se proteja a los testigos, pero depende de cómo se maneje el juzgado. Ellos tienen abogados, contactos. Estos dos ya estuvieron adentro, conocen el ambiente, antes o después se van a enterar. Te repito: si no fueron ellos el riesgo es menor, pero en el caso contrario, la decisión la tienen ustedes. ¿Quieren hablarlo en familia y después llamarme? Yo pedí en el juzgado un poco de tiempo. Están en Devoto.

—¿No se puede hacer de manera anónima, con una fotografía?

—No, si ellos hace dos años mataron a tu viejo y en el expediente se los acusa de eso, van a intentar zafar. Por otro lado, es muy jodido mandar en cana veinte años a un par de tipos por un delito del que no son culpables, fue de noche, todo muy rápido, tu madre y tu hermana tienen que estar seguras de lo que declaran.

—No sé lo que pensás, tío, pero yo no estoy dispuesto a poner en riesgo a mi vieja ni a Florencia —Horacio estaba conmovido—. Si fueron estos tipos, que ellas nos lo digan y la justicia la hacemos después nosotros. Huevos no tienen solo ellos… ¿No?

—Horacio, nosotros no haríamos justicia, simplemente planificaríamos una venganza, cosa siempre posible. Pero si vengamos a tu viejo hay que hacerse cargo. Ellos a través de terceros pueden también vengarse de nosotros. Es la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. ¿Cuándo y cómo termina esa historia?

—¿Y si la vieja, que es una gallega más dura que una roca, va y declara? Digo, en el caso de que sean estos tipos. ¿Cómo hacemos para protegerlas? Si le hacen algo a ella o a Florencia… ¿Te vas a bancar seguir en la doctrina de la justicia? ¿O vas a venir conmigo a bajarlos a tiros?

—Escuchame bien, pendejo: no sé qué vamos a decidir, lo haremos en una reunión entre todos. ¿Pero vos mataste a un ser humano alguna vez? ¿Sabés lo que se siente? Aunque se la estés dando al peor hijo de puta del mundo, una parte de vos se muere. Y ahora estás entero, yo te quiero como a un hijo y no me banco que te roben el alma, porque ya nos robaron a Raúl, que era tu viejo, pero mucho antes fue mi hermano.

Horacio se quebró. Sin palabras, los ojos se le llenaron de lágrimas. Hacía dos años que no lloraba, desde el entierro de su padre: en los pocos minutos que vio descender el cajón en la fosa su corazón se quemó como un pedazo de madera seca y ya no pudo sentir sin morir.

Permanecieron en silencio.

—Yo mejor parto —dijo finalmente Gargiulo—. Deberían conversar más tranquilos entre ustedes y después charlarlo con Carmen y el resto de la familia. Son decisiones muy difíciles. Los mantengo al tanto, voy a tratar de ganar tiempo. Por suerte estos dos están adentro por otras causas.

El abogado saludó y se fue. Osvaldo acarició la cabeza de Horacio.

—Tenemos que ver qué decidimos —reaccionó el sobrino.

—Tomátelo con calma, por ahora hay tiempo para pensar. Y con lo de la rubia, no hagas cagadas.





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