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5/21/2018 7:56:34 AM NUEVOS APORTES SOBRE LOS ORÍGENES DEL GRUPO DE BOEDO

He leído con atención este libro escrito por Inés Messore y editado por Amazon. Para mi grata sorpresa  se encuentra un relato que aporta elementos nuevos a los numerosos estudios realizados sobre este tema y muestra como elemento casi maravilloso una recopilación de antiguas ediciones,  de folletines semanales imposibles de encontrar. Messore en una búsqueda minuciosa propia de un investigador privado londinense, meticulosa y persistente, practica una especie de arqueología por cientos de librerías de viejos de Buenos Aires e incluso de bibliotecas especializadas en estos temas de latitudes remotas, para ofrecer en este significativo volumen 
materiales de gran valor histórico y pedagógico.

Vida y obra de Miguel Messore, escritor, editor y político, de la escritora argentina Inés Messore.

En este libro la autora analiza la biografía del odontólogo, político, editor y escritor Miguel Messore, hijo de inmigrantes italianos llegados en 1893 a Buenos Aires. Su trayectoria permite rastrear a través de un caso individual, cómo se han ido interrelacionando movimientos sociales, políticos y estéticos colectivos, siendo formadores de la identidad cultural de nuestro país. Las trayectorias, como formas más o menos singulares, de transitar el espacio social en las que se expresan formas de ser y hacer, permiten comprender el proceso de transformación social e individual de un hijo de inmigrantes en la Argentina del Siglo XX. En este libro recabó información sobre los procesos culturales, la expresión literaria, la participación política y las experiencias laborales y biográficas del protagonista.
A inicios de la década de 1920, Miguel Messore frecuentaba las calles de Boedo, donde vivía desde su nacimiento en 1901. En la barriada se respiraba un aire mezcla de afición por la literatura y de compromiso político, las dos aristas esenciales de su vida. Allí conoció a Francisco Munner, librero anarquista catalán cuya propiedad se hallaba en Boedo 841. Munner y Lorenzo Rañó –que tenía su imprenta en los fondos del mismo solar, entrando por la puerta con el número 837– fueron los editores de los trabajos de los jóvenes escritores que gestaron el Grupo de Boedo.
En ese  “galpón de latas y tablones” donde crujían los viejos linotipos de Rañó, se imprimió gran parte de la literatura social de la época.
Messore creó y dirigió la colección Las Grandes Obras del Pensamiento Universal y aportó esa iniciativa al Grupo de Boedo. Esta publicación se editó desde junio hasta el 2 de diciembre de 1922, en un principio en Pavón 2921, bajo la administración de Andrés Fontenla y los ejemplares atrasados se podían conseguir en el kiosco de Boedo y Carlos Calvo. La distribución corría por cuenta de Rafael Vaccaro. El 14 de octubre de 1922, en el número 16, se anunció la mudanza a Boedo 841.
Las Grandes Obras continuó publicándose hasta 1924. En paralelo con los fascículos, se imprimió la colección Biblioteca “Las Grandes Obras”, con títulos de autores europeos y la incorporación de escritores argentinos. Esta idea la continuó Editorial Claridad en Boedo 841 desde 1925 y luego fue tomada por Torrendell, en Editorial Tor, con el nombre Las Obras Famosas.
En enero de 1923, Messore vuelve a Pavón 2921 para dirigir La Novela Humana, con un formato similar a la anterior, de Editorial Zola. Salía cada quince días y publicó a Nicolás Olivari (Historia de una muchachita loca), Leónidas Barletta (Las fraguas del amor, La hembra y Cuentos Realistas) y a una mujer, Margarita Levilliers (Los grados del amor), entre muchos otros. Aquí también Messore pudo incorporar su producción personal: la primera edición contuvo Fecundidad, de su autoría.
Tras el cierre de La Novela Humana, Messore dirigió junto con Pedro L. Muzio la revista El Pájaro Azul, también en Pavón 2921, y de breve existencia: sólo tres números entre julio y diciembre de ese año. Según su propia definición se trataba de una “selección literario-artística”, cuya secretaría de redacción corría por cuenta de Raúl Svenchansky. El título de esta revista se inspira en el cuento modernista homónimo de Rubén Darío. Dicha ave, que el protagonista del cuento afirma tener en su cabeza, simboliza la inspiración del poeta. En esta revista se publicó El beso, de Leónidas Barletta, cuento no catalogado en antologías del autor y reeditado en este volumen.
La presencia de escritores como Olivari, Barletta, Stanchina, Sondereguer o el mismo Danero en La Novela Humana y El Pájaro Azul, ambas de 1923, muestran a las claras la vigencia de la relación entre los mismos y Messore, aún después de dejar la sede de Boedo 841 y la continuidad de ese “grupo”. También expresa la voluntad de Messore de promover noveles figuras de la incipiente literatura argentina.
El andaluz Antonio Zamora solía arrogarse la creación del grupo y llegó a declarar que desde su revista Los Pensadores, continuada por Claridad a partir de 1926, “surgió el grupo de intelectuales que formó Boedo”. Pero la realidad marca que fueron Munner y Rañó los primeros grandes mecenas. Por lo pronto, desde el local se comercializaban y promocionaban muchas de estas revistas: no sólo Las Grandes Obras, que ya vendían desde la época de la calle Pavón, sino también Los Intelectuales (dirigida por Elías Karothy y domiciliada en Azcuénaga 331, Once), Joyas Literarias (a cargo de Juan Pallas, con sede en Sánchez de Bustamante 618, cerca del Abasto) y la propia Los Pensadores, de Zamora, que deambuló siempre por la zona del Centro (Sarmiento 1546, primero y Rivadavia 1779, después).
Además, antes de la llegada de Zamora al barrio, hacia 1926, Munner ya había lanzado con este mismo grupo de escritores Los Nuevos, en 1924, una revista especializada en jóvenes realistas de la época, verdadera semilla del Grupo Boedo, cuya existencia perduró hasta 1928 o 1929. Incluso, hubo una publicación previa, Los Realistas, administrada también por Munner y dirigida por Olivari y Barletta, nacida en 1923, que llevaba una suerte de prólogo en el número 3, donde se anunciaba: “Hicimos realismo porque tenemos la convicción de que la literatura para el pueblo debe ser sincera, valiente, debe contener la nota agria de la verdad dicha sin limitaciones y el sollozo sordo de la miseria y el dolor […] Se nos persigue, se nos insulta y se nos procesa, pero es inútil negar la evidencia: nuestra literatura se abre paso, porque en todas las obras inmortales plapita [sic] la sensualidad. Sin ésta, sin el culto a la belleza formal, sin el ansia de la carne, sin la cálida ansiedad de los abrazos femeninos, sólo se produce en Arte obra efímera”. Ese número llevaba el trabajo Mujeres del Sud, de Héctor Pedro Blomberg. En su portadilla, el dibujo de una mujer desnuda extrayendo una fruta de un árbol. Una verdadera conmoción para la época.
Una curiosidad que refuerza este razonamiento: en la contratapa del libro Las adolescentes de Mario Mariani editado en 1922, se anuncia que está en prensa Poesías Completas y Evangélicas de Almafuerte, número 14 de la Biblioteca “Las Grandes Obras” en Boedo 841 y sólo meses después en marzo de 1923, Zamora edita el mismo título en la Colección Los Pensadores, pero aún en Rivadavia 1779.
La autora en la introducción relata sus motivaciones personales que la llevaron a realizar esta investigación y lo relata así “Un día lo comprendí: ese abuelo que me conectaba con la his­toria de inmigrantes, que hablaba y cantaba en napoletano, a su vez había sido un osado y creativo joven argentino, que junto con muchos otros, contribuyó en la construcción de nuestra identidad, lazo, nexo y articulación entre dos culturas. Él era las dos cosas: hijo de quienes habían partido de Italia y también, y en primera persona, quien había construido Su argen­tinidad (poniendo fervientemente el acento en esas expectativas y dejando de lado deliberadamente atrás su pasado). Fue por eso que me interesó tanto. Durante la investigación, algunos nombres ya conocidos pasa­ron a ser más familiares e íntimos: Olivari, Barletta, Castelnuovo. Otros, en cambio, casi nunca citados en las bibliografías habitua­les como Munner y Rañó, comenzaron a tomar forma y espesor, a ser parte de un ámbito no solo crítico sino vivencial, apasionado, cotidiano, poblado de ruidos de linotipos, de raras fisonomías, de acaloradas discusiones, humo de cigarros y fríos destemplados en invierno. Estampas antiguas, con manos veloces que armaban los tipos de plomo formando palabras y frases que intentaban reve­lar, educar, iluminar. Esos jóvenes deseosos, ilusionados y con hambre de justicia me atraparon y quise formar parte, estar ahí.”

 

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