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6/18/2018 8:06:09 AM EL ENTIERRO DE LA SEMILLA HUMANA

A las once de la mañana llegaron los chicos. Mi cuñado los había traído para que almorzaran con nosotros y se volvió a San Miguel.

Eva estaba leyendo el diario en la cama. Escuché el timbre y cuando abrí vi ese cuadro limitado por el marco de la puerta en cuya tela se dibujaban mis dos hijos.

Adelante Gabrielito con la nariz perfecta de la madre y la boca abierta mostrando dientes desparejos. Luego el cuadro se animó, y de sus labios se evaporaban intermitentemente millones de gotas de agua. Como una locomotora se reía y brillaba; se encendieron sus ojos cuando me vio y lancé una risotada; entonces él saltó hacia mí desde su altura y yo me incliné porque parecía una gran raíz pegada a la tierra, me nutrí, me daba vida.

Nos besamos. El me abrazó, se colgó como un relámpago del cielo y yo lo recibí... Apoyé mis labios en su piel y parecieron cuatro horas de una siesta tranquila de verano.

Lo descendí con cuidado y, suspendido, sacudía todo el cuerpo: piernas, brazos, hacía morisquetas de celoso, sabía que le tocaba el beso a la hermana. Igual lo deposité alunizando... mi hija sonriendo, mi lujo, alargada, flacucha, cariñosa, ¡cuánta hermosura!

Me dio un beso en la mejilla. Fue un misterio digerido por ósmosis, directo a la sangre. Los cabellos de Mariana eran los de Eva, sus manos, su estatura, las facciones.

Cuando se despegó de mí, yo había engordado; tenía cien kilos más y pude resistir como un dique al mar tremendo azotando con su furia mis costillas, como cuadernas de un galeón bien ensambladas por artistas a la quilla y en la proa el mascarón, que era Eva, que latía despacito y ya sabía porque gritaba desde la habitación con alegría. Fue un encuentro... los chicos corrieron hacia la pieza; Ricardo estaba en el auto; le hice señas para que bajara. Entró un momento, estaba apurado. Saludó a su hermana, hablaron unas palabras, me abrazó y se fue.

Ese mediodía cociné yo. Preparé fideos con tuco y una sopa de verdura colada para Eva, los chicos me ayudaron a hacer las compras y a poner la mesa.

Eva no se sentía bien, estaba muy dolorida y trataba infructuosamente de disimularlo. Tomó los calmantes y se sentó en el sillón de la sala mirando el jardín mientras con sus manos acariciaba el perro que se adormecía en su falda. Compartió la mesa con nosotros, pero no comió... recuerdo la mesa servida y la impresión de estar los cuatro juntos.

Gabrielito tenía toda la cara llena de tuco, comía bajando la cabeza hacia el plato como un perrito, le costaba subir los tallarines con el tenedor. Le hice un chiste diciéndole que parecía un pichicho. Mariana se rió con sorna; entonces me corrí cerca de él y le enseñe a enroscar los tallarines en el tenedor ayudándose con un pedacito de pan.

Mientras lo hacía observaba a Eva, que tenía la mirada lejos de nosotros, ensimismada; algo muy fuerte pasaba dentro de ella. Mariana un poco celosa me tiró un miguita de pan... Eva no percibió lo que sucedía... entonces el aire cambió de olor y de tonalidad, se espesó y como los animales en los desastres naturales todos intuimos potentemente la cercanía del peligro.

Eva se levantó de la mesa con un movimiento eléctrico, impropio; contuvo la respiración y pidió que la disculpemos por que no se sentía bien.

Yo entré en pánico, el corazón empezó a latirme velozmente y un frío blanco me recorrió la espalda. Les dije a los chicos que levantaran la mesa, pero estaban asustados; se los repetí con energía, mientras yo me ocupaba de Eva. Ella entró en el baño. Al minuto de no escuchar ningún ruido empecé a golpear, le pregunté si estaba bien; me contestó que sí con voz tenue y quebrada.

Salió del baño arreglada, digna. Se había peinado y se notaba el rubor en las mejillas, un poco desparejo; me dijo suavemente haciendo algún esfuerzo para hablar:

—Lleváme, por favor, al sanatorio que no me siento bien, estoy descompuesta. —Gabriel y Mariana escucharon y entraron también en pánico; le pedí a Mariana que cuide por un momento a Gabriel y a la madre; entonces se contuvo.

Le pregunté a Eva si me podía esperar para pedir ayuda, me contesto que sí. Crucé la calle corriendo y toqué timbre en lo de Martita. Tardaba en atender, insistí golpeando y saló medio malhumorada, estaba durmiendo la siesta. Ni hizo falta que hablara. Cuando me vio la cara dijo: «Es Eva, ¿no?», e inmediatamente cruzó conmigo. Le pedí que se quedara con los chicos.

Nos subimos al coche, el viejo Peugeot 404 que por suerte arrancó enseguida. Saqué del bolsillo un tranquilizante y me lo tragué sin agua juntando un poco de saliva. El sabor amargo me invadió la garganta. Eva, sentada a mi lado, estaba inmóvil, no pronunciaba palabra. Tenía la vista fija en el infinito y con su mano izquierda me apretaba el brazo con el que hacía los cambios; no lloraba ni se quejaba, pero la fuerza con la que me agarraba hablaba de su quiebre interior.

Fueron minutos larguísimos hasta el sanatorio. Después se fue. La llevaron en una camilla a terapia intensiva y ya no volví a verla con vida.

En el coche le decía que la quería, que se iba a mejorar, que Dios nos iba a ayudar, y ella sólo me escuchaba; antes de irse en la camilla me repitió: «Cuidáte y cuidá a los chicos y a los viejos...». Vi sus ojos oscuros, almendrados, y en el centro de sus pupilas una mancha opaca, despiadada, infinita. Eva se fue mirándome y diciéndome «me muero, Adán, me muero, ayudáme que me estoy muriendo».

Me senté en la sala de espera totalmente aturdido, mal, muy mal; sentí la pequeñez, la diminuta dimensión de mi conciencia.

Después de un rato salió el médico, un tipo joven. Me llevó a un consultorio y después de invitarme a que me siente, me hizo saber con la mayor delicadeza que Eva había sufrido un paro cardíaco, que no la habían podido sacar, y que habían hecho todo lo humanamente posible. Después me preguntó si necesitaba algo y le pedí hacer un llamado telefónico. Llamé a mis padres y a mi hermano, pero ya no estaban en su casa; llegaron enseguida... nos consolábamos mutuamente.

A la media hora se acercó el doctor y me preguntó si quería ver el cuerpo, le dije que sí y entré solo, no quise que nadie me acompañara.

Vi el cuerpo tibio, muerto. Era mi propia carne enajenada, arrancada de la vida, inusitada; vi su tamaño monumental, su forma sin voluntad de movimiento, su bondad inerte y reventé como una bomba de cristal; me desarticulé de todo sentido y una fuerza involuntaria, un mecanismo automático inconciente me bloqueó por completo el sentimiento. No lloré; estaba lúcido cuando salí de esa sala luego de besar a Eva en los labios. Me había bañado en un fuego que no quemaba.

Mi hermano me llevó a casa, casi no hablamos en el coche. Al llegar, los chicos abrieron la puerta antes de que toquemos el timbre. Se asustaron al verme la cara; sólo pude articular un... «mamá ya se fue... se fue con Dios... les mandó besos y me pidió que nos cuidemos...».

Después el llanto de ellos abrazados a mi cuerpo como estrellas de mar adheridas a una roca del fondo submarino. Yo no era hombre porque no tenía lágrimas ni posibilidad alguna de sentir sin morirme. Los contuve acariciándolos, ellos me apretaban, gemían, decían «mamita... mamita querida». Los besé infinitamente, los baje despacio, resbalando, se quedaron agarrados a mis piernas; Martita lloraba al lado nuestro.

Lo que vino después no tiene demasiada importancia: trámites municipales, negociaciones comerciales con la empresa fúnebre. Mi cuñado y dos amigos no se despegaron de mí.

Siempre me habían parecido insoportables y hasta inútiles los velorios. Velar al muerto un día, a veces dos... familias enteras que no se veían ni siquiera para los cumpleaños, que no se alegraban de que el otro hubiera nacido, se encontraban en los velorios, como diciendo «acá estoy, contento de que te hayas muerto antes que yo, ¡te vencí!, al final gané, te pude, te sobreviví...». ¿Qué sentido tiene ir al velorio de alguien al que no amamos en absoluto? ¿O es que morir es más importante que estar vivo?, ¿o será que al velorio vamos impulsados por la culpa de sabernos incapaces de amar?, porque no pudimos saber del otro mientras su corazón latía, no pudimos saber de sus proyectos, ni de sus angustias, ni de sus sentimientos; no tuvimos espacio para él negándole hasta su muerte al ir a un velorio a quedarnos diez minutos para figurar.

Lo cierto es que yo tenía un cuerpo, el cuerpo muerto de mi amor y debía decidir cosas: dónde velarla, dónde enterrarla; comprar un cajón y contratar un servicio fúnebre, decir cuántos coches negros acompañarían el cortejo, contar a los que no tienen coche, hacer una lista como si fuese un casamiento, contener a mis hijos, a los abuelos.

No había demasiado espacio para mí, o yo no me lo permití. Porque si me hubiese permitido sentir, un alarido brutal, un grito animal, se habría desatado en mi pecho, vomitando mis entrañas vivas por la garganta hasta ser escuchado en los confines del universo donde están los oídos de Dios...

Pasé la noche sentado al lado de Eva. De a ratos hablaba de ella como si estuviese viva. Fue poco lo que dije. Acaricié a Mariana y a Gabriel, nos dimos la mano con mis padres y con la madre de Eva que envejeció esa noche toda una vida nuevamente.

El velorio fue en nuestra casa, cientos de personas conocidas y desconocidas para mí desfilaron y se compadecieron: amigos, vecinos, compañeros de Eva y míos. Pero yo estaba solo en realidad, solo con Eva, mis hijos y muy pocas personas más con los que tenía muchísima afinidad. Me sobresalté cuando entró Graciela, la psicóloga que nos había ayudado tanto en esos meses tan terribles. Mi hermano, el negro, Alicia...

Algunos rezaban, otros se quedaban quietos frente al féretro y frente a mí acariciándome con una mirada lastimosa; y yo tenía lástima por ellos, no sé por qué pero me daban pena, yo no me sentía pobre...

Mariana me invitó a rezar con ella, era cristiana, como la madre. Lo hice sin hablar, nos acompañábamos. Decía con sus manos de nena apretadas, suplicantes: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros...», «Madre de Dios intercede por nosotros...», «Cristo ten piedad»; y en mi mente volvieron las luces del templo de la calle Murillo y esas antiguas palabras sagradas: «Baruj ata Adonai».

Una horrible cruz de metal con lámparas simulando velas estaba atrás del féretro.

Pensé en los muertos y en los miles de velorios que había recorrido esa cruz generando el mismo asco que a mí me generaba; pensé en el hombre que las fabricaba con metal y en el metal que había salido de la tierra como roca.

A la madrugada les pedí a mis padres que llevaran a los chicos a dormir. Mariana se negó, descansó un rato en un sillón.

Pocos quedábamos en la sala cuando empezó a amanecer. El lugar parecía un campo después de una gran batalla, reinaba el desorden, el sinsentido ocupaba el espacio. La gente yacía herida, medio viva, medio muerta de cansancio, y en un abismo irreversible Eva y yo pasamos la noche juntos y pude encontrarle algún sentido a mi velorio, a nuestro velorio.

A media mañana sentí vacío el estómago y ganas de comer. ¿Cómo podía sentir hambre? ¿Acaso quería alimentarme y seguir viviendo? Ese hecho natural me dio mucha vergüenza. La miré a Eva y le pedí perdón por tener hambre, por haberla hecho sufrir. Llegaban a mí recuerdos de discusiones y enfrentamientos matrimoniales.

Muy a pesar mío el día fue limpio y luminoso. Esperaba un cielo otoñal, nublado y lluvioso, pero no fue así. Cerca del mediodía la casa se volvió a llenar de gente, el cansancio y el olor que desprendían las flores fúnebres me hicieron sentir náuseas. Mi padre se acercó y me llevó a la cocina. Él había envejecido bien, estaba vibrando como el parche de un viejo tambor. Me abrazó muy fuerte con su arrugadísima humanidad. Después entro mi madre con sus ojos claros como el agua del sur de la Argentina y nos abrazó y me alivié, se me pasó, me controlé... eran viejos dignos, estaban legendarios y presentes.

A las doce llegaron hombres indiferentes, acartonados. Se notaba que eran ajenos a la situación; preguntaron por mí vestidos de negro. Me enojé interiormente con ellos: venían a llevarse a mi esposa y me di cuenta de que no quería entregarla. Volví a pensar en los velorios y volví a tener ganas de putearlos, de echarlos. Era yo el que necesitaba velarla y no el cadáver que sólo pedía pasivamente volver a la tierra.

Se quebró una madera, se astilló mi corazón, y cerramos el cajón con religiosidad los más amigos, clavija por clavija, después de ver por última vez el rostro de los rostros humanos más hermosos que existieron.

Salimos hacia Chacarita. Yo viajaba con los chicos y la madre de Eva, que no tenía nombre porque Eva fue la primera mujer y porque ya estaba muerta, aunque vivía.

La gente se subió a los coches rápidamente y enfilamos. El barrio miraba, la calle San Pedro temblaba bajo el peso del coche que llevaba la piedra humana. Llegamos a Juan Bautista de la Salle y vi la diagonal donde la noche anterior habíamos remontado vuelo...

El cortejo siguió por Olivera, después por Juan B. Justo. La gente pasaba atolondrada, apurada, ajena a mi tragedia. Para ellos era un día más. El sol agredía con sus rayos, era como una especie de sonrisa brutal que debía soportar en medio del llanto.

Señoras con changuitos que iban al mercado, repartidores bajando cajas y cajones, chicos en los kioscos comprando golosinas, hombres en los bares, los repuesteros de Warnes con sus larguísimas listas de precios, colas de jubilados en los bancos para cobrar una miseria y señores impertinentes porque podían pedir su saldo en rojo para discutir con el gerente un descubierto inmundo como si fuesen alumnos del primario dando examen ante un boludo con corbata puesto de gerente por un sueldo de mierda, y todos contentos porque le bicicleteaban a la vida un día más.

Se movían febriles. Haciendo lo habitual. Tristes o alegres, felices o infelices, no sé, pero febriles. Para ellos todo tenía sentido, ¡daban ganas! Los reputié, les dije hablando solo, como un loco, como Mojarrita:

—¡Hijos de puta!, ¡hormigas humanas vestidas para tapar lo que son y para parecer lo que jamás serán!, ¿no ven acaso lo que me pasó?, ¿no ven a mis hijos llorar?... ¿no ven la piedra humana que llevo delante mío...? ¡Están ciegos!... —Pero nada me contestaron, no me veían, no me escuchaban. Sólo un barrendero al pasar por Honorio Pueyrredón paró de trabajar y haciendo la señal de la cruz se quedó mirándome a los ojos cuando los coches se detuvieron en el semáforo, como diciéndome «yo soy de tu raza de hombres, soy un barrendero pero entiendo lo que te pasa, sé lo grande que fue Eva y del llanto de tus hijos», y nada más. Nada más hasta el entierro; nada más que merezca ser contado.

Una marea humana caminó sobre la tierra, sin hacer ruido. Me rodeaba arrastrando los pies, sin taconear, sin molestar a los muertos que en ese sitio descansaban. Un cura joven dijo palabras que... curaban... y se lo agradecí. Mis hijos apretados contra mí, mis padres, la madre de Eva, los familiares, el negro Osvaldo, Alicia, vecinos del barrio, compañeros. Tenía la sensación de que miles de personas estaban allí.

Algunas coronas de flores las acercaron. Otras, se las llevaron rápidamente los hombres duros, robándolas para otro velorio; pero a mí me dio lo mismo: ni yo ni Eva necesitábamos coronas de flores en ese momento.

Después se hizo un silencio y la atmósfera se tornó viscosa. El sol se escondió —de vergüenza— detrás de una pocas nubes y cuatro hombres, con caras toscas y piel curtida, con manos gruesas y uñas renegridas, estiraron las sogas como marineros que libran los anchos cabos de una gran nave que pone proa hacia la inmensidad del mar. El sentimiento que me había abandonado la última vez que la besé en los labios volvió a mi pecho y pude llorar, pude llorar sin morir. Entonces lloré con mis hijos en quejidos muy profundos y moví la cabeza afirmando. Los hombres entendieron el mensaje y las largas cuerdas empezaron a crujir; los brazos, ocho brazos dignos de cuatro hombres fuertes, se tensaron y sus cuerpos se arquearon por el peso, porque «Eva pesaba, suspendida, como la primer losa de un templo».

Fue así que enterramos a Eva..., ella era del linaje de las águilas. De la tierra que estamos hechos, de polvo transfigurado venido desde el sol sin boleto. De la tierra que sostiene nuestro amor, la que reposa, la que sustenta nuestros cuerpos, nuestra choza.

De la tierra ancestral de mis abuelos que jamás veré pero que llevo encima.

De la tierra que cavé con pico y pala para enterrarte, semilla. Esperaré a que crezcas, a que seas árbol; esperaré tu verde fronda insinuarse en el paisaje y me acostaré en ella algún día a dormir, a soñar un largo viaje.

«Soñé la muerte y era muy sencillo:

Una hebra de seda me envolvía,

Y a cada beso tuyo,

Con una vuelta menos me ceñía.

 

Y cada beso tuyo

Era un día;

Y el tiempo que mediaba entre dos besos

Una noche. La muerte es muy sencilla.

 

Y poco a poco fue desenvolviéndose

La hebra fatal. Ya no la retenía

Sino por sólo un cabo entre los dedos...

Cuando de repente te pusiste fría,

Y ya no me besaste...

Y solté el cabo, y se me fue la vida.»

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