clic

Inicio   Obra   Links   Galería   Agenda   Textos   Entrevistas   Contacto  
 
10/22/2018 8:08:56 AM Jonte y Lope de Vega Parte 2 Novela

(Fragmento de la novela La reencarnación de Buda en Lope de Vega y Jonte)

(Viene de Jonte y Lope de Vega)

Eran casi las dos de la madrugada cuando atravesó la puerta de la pizzería y empezó a caminar velozmente por Avenida Jonte hacia Bermúdez.

 Pensaba si Helena estaría en realidad esperándolo o era una joda cruel. Le parecía extraño que se reuniera a divertirse con amigas en la oficina del padre; o era una manera de hacer la previa. Sentía vergüenza por el olor a transpiración mezclada con humo que llevaba encima.

Al llegar dudó por un instante y tuvo miedo de tocar el timbre. Otra vez estaba frente a esa puerta, pero por un motivo distinto. Lleno de expectativas apretó con el dedo índice el botón de bronce y esperó.

Enseguida escuchó la voz de Helena que le avisaba que ya bajaba a abrirle. En pocos segundos escuchó sus pasos y el ruido de las llaves. La puerta se movió lentamente y ella apareció. Llevaba un pantalón vaquero azul gastado, con agujeros aquí y allá. Una blusa negra de hilo tejida a crochet, que dejaba ver su corpiño también negro. Las sandalias plateadas sin taco parecían de bailarina. Mientras subía la escalera, Horacio vio su figura esbelta y grácil con el pelo rubio y ondeado cubriéndole la espalda.

Estar allí no le parecía real. Era un milagro, una combinación de combinaciones matemáticas casi imposible de ser calculadas desde la probabilidad.

Entraron a la misma sala donde había mantenido la reunión de trabajo, se sentaron en los mismos sillones y, dada la soledad, Horacio preguntó:

—¿Tus amigas?

—Se fueron hace un rato, era tarde para ellas —contestó Helena con naturalidad.

—¿Y tu padre?

—Tuvo que viajar… Está en Uruguay.

—¿Estamos solos?

—Sí.

La situación era por lo menos provocativa. Horacio avanzó con la pregunta equivocada.

—¿No te da miedo?

—¿A vos te da miedo?

—¿Por qué contestás con una pregunta? —dijo Horacio, perplejo.

—Porque vengo de una familia de comerciantes y, para negociar bien, siempre a una pregunta se contesta con otra.

—¿Y acá qué estamos negociando? Yo vine a charlar con vos y a conocerte, no a negociar.

—Aparentemente negociamos el miedo. Me lo querés vender, pero es tuyo.

—¿Mi miedo? ¿Miedo de qué?

—No sé, tal vez de que venga mi viejo, o de que aparezca mi hermano mayor y te pegue; entonces me preguntás si tengo miedo, pero es tu miedo, no el mío.

—Lo tuyo es por lo menos rebuscado. Te pregunto porque no me pasó muchas veces que alguien con tu belleza confíe en mí sin conocimiento previo.

—Yo no confío en vos, sólo te invité a charlar. Además, sos el sobrino del contador de mi viejo, no te encontré en el subte.

—¡Sos desafiante!

—¿No estás acostumbrado?

—No… Bueno, sí, pero de otras maneras. Sigo sin entender tu juego, qué te da curiosidad como para que invites a conversar a un frustrado aspirante a empleado de tu padre, aprendiz de pizzero, transpirado y vestido de dudoso blanco.

Se hizo un silencio, luego  Helena respondió.

—Me pasó algo raro el día que tuviste la entrevista con mi viejo. Fue cuando dijiste: “Me gustaría dominar el tiempo, volver atrás hasta la noche negra en que murió mi padre y recuperarlo”. Me conmovió. Hace un rato, cuando te vi en la pizzería, tuve ganas de charlar con vos, porque no hay mucha gente que corra riesgos y exprese sus sentimientos en público, menos en una entrevista de trabajo. Fue sólo eso, algo que sentí… Un impulso. No es que me haya propuesto desafiarte, tampoco planifiqué esta soledad: mis amigas se tuvieron que ir porque las pasaron a buscar y no quise dejarte colgado.

—Gracias por invitarme. Ese día me pareció que tu viejo se había molestado.

—Es muy celoso. ¿Estás estudiando?

—Sí, volví a la facultad, estoy cursando tres materias en Antropología. ¿Qué dijo tu padre después, cuando me fui?

—Que le parecías buena persona, pero que no eras lo que necesitaba.

—Yo, con una hija tan hermosa como vos también sería celoso.

—Gracias, es la segunda vez que me decís que soy hermosa, pero no sé si es una ventaja o una maldición.

—Te aclaro que las madres pueden ser tan posesivas o peores que los padres. ¿Estás en pareja?

—No… ¿Vos?

—La última relación seria se terminó hace un año.

—¿Qué pasó?

—Era más grande que yo y quería casarse o convivir, estábamos con tiempos distintos, más el rollo de lo de mi viejo, y la relación no aguantó.

—Por qué no volvés.

—No, eso terminó.

—El día de la entrevista mi viejo me contó lo que pasó con tu padre.

—Estoy laburando y retomé la facultad, me siento bien en El Fortín, es un refugio. ¿Tus padres están separados?

—¿Por qué lo decís?

—Me dio esa impresión, tal vez porque no hablaste de tu madre.

—Es peor, mis padres viven separados bajo el mismo techo, se llevan mal pero no se separan.

—Se te escucha terapiada.

—Desde los catorce…

—Yo nunca había hecho terapia hasta que pasó lo de mi viejo y en mi familia todos necesitamos ayuda.

—¿Y vos qué estás haciendo ahora?

—Estudio Economía Política en la UBA, terminé el ingreso y curso primer año. Trabajo algunas horas por semana con una amiga socióloga, haciendo encuestas.

Hablaron de la infancia y la familia, del amor y de la historia, de música y de política. Él se definía de izquierda y anarquista; ella defendía ideas liberales y no creía en los estados planificados, ni de derecha ni de izquierda. Charlaron hasta que salió el sol.

A las seis de la mañana se despidieron, bajaron la escalera y no sabían cómo saludarse. Horacio tomó la iniciativa.

—¿Nos vamos a dar un beso ahora o la próxima vez que nos veamos? —preguntó.

—¿Es una propuesta o una pregunta?

—¿Siempre respondés una pregunta con otra?

—Casi siempre.

Luego, con una sonrisa en la boca empujó la puerta para cerrarla.

En ese instante Horacio recordó lo que le decía su tío Osvaldo: “En los momentos de duda con una mujer, prestale atención a su mirada; son pocas las que saben mentir. Mirala a los ojos y vas a saber qué hacer”. Horacio tenía dos segundos para decidir, en esos momentos nunca tenés más tiempo, son dos o tres segundos, está estudiado científicamente.

Entonces puso su pie entre la puerta y el marco para trabarla y la miró a los ojos. Ella, como en la pizzería, sostuvo la mirada. Horacio remontó vuelo. Mientras decía no con su boca roja, decía sí con sus ojos azules. Helena retrocedió, pero Horacio estaba lanzado y volvió a avanzar, corrió la puerta y la besó envolviéndola en sus brazos… Ella no se resistió. Con ese beso breve pero intenso, robado en tiempo de descuento a las seis y siete minutos de la mañana, terminó el segundo encuentro.

Ella se apartó y balbuceando un chau cerró la puerta con firmeza.

Excitado y seguro de sí mismo, Horacio quería tenerla en ese instante. Pensó en golpear, en volver a tocar el timbre. Creyó que detrás de la puerta Helena estaba esperando que volviera, pero algo en su interior le dijo que debía frenar allí y decidió irse a su casa.





Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional.